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17 06 2020

Paredes blancasAntonio R Montesinos

Esta crisis sanitaria ha motivado infinidad de artículos sobre como la pandemia afectaría a nuestras ciudades, pero la verdad es que este tipo de fenómeno no es nuevo. Epidemias como la peste, la tuberculosis o la gripe española tuvieron gran influencia en la arquitectura y son responsables de muchas características fisionómicas de nuestras ciudades. Un buen ejemplo de ello es como las epidemias y malas condiciones de salubridad del siglo XX, debido a la industrialización y a los periodos de guerra, afectaron profundamente en la arquitectura moderna.

Otro buen ejemplo podría ser como la sucesión de diferentes enfermedades, junto a otros factores como el calor, han influido de forma notable en la utilización de la cal para pintar las fachadas en la España mediterránea. Esto a motivado que su singular color blanco llegue a ser incluso una característica identitaria en la arquitectura tradicional del sur y levante español, así como en países como Grecia o Marruecos.

tomelloso ramon masats

Tomelloso, Ciudad Real (1960). Ramón Masats.

El uso de la cal como material de construcción, mezclada con arena para producir mortero o más fluida para enlucir fachadas, se ha utilizado desde hace miles de años. El origen de su utilización como acabado final probablemente esté ligado a su color blanco, que permitía reflejar la luz solar e impedía que los muros absorbiesen calor, manteniendo frescos el interior de las casas. Por otro lado la cal viva (óxido de calcio) funcionaba, debido a su alta alcalinidad, como un potente antiséptico, antifúngico y bactericida. Esta característica propició que se comenzara a utilizar la cal como elemento desinfectante a partir del siglo XVI y XVII, a raíz de varias epidemias –la fiebre amarilla, la peste, el cólera, el tifus o la gripe española– y de la proliferación de medidas higienistas que se llevaron a cabo durante el reinado de Carlos III, en el siglo XVIII. La cal, por otro lado, es un producto que exige un procesado muy sencillo, por lo que resulta un material barato. Esto propició que fuese una forma económica de adecentar las vivienda más populares en épocas de carestía y hambrunas.

Por supuesto el blanqueado con cal –o enjalbegado– tenía también sus desventajas, pues los muros encalados eran propensos a desconcharse y a ensuciarse fácilmente. Esta característica motivó que el proceso de encalado se tuviese que repetir de forma periódica, convirtiéndose en una tradición asociada a la higiene que se repetía de forma anual. Con el tiempo esta tradición se incorporó a los usos y costumbres populares, pasando a ser un proceso de afirmación identitaria que se repetía año tras año con la llegada del buen tiempo. Normalmente era realizado como un ritual colectivo de cuidado y adecentado de fachadas, llevándose a cabo con la llegada calor, justo antes de semana santa o como parte de los preparativos de las fiestas patronales de cada población. Estas tareas, al estar asociadas a la higiene y a la limpieza, eran realizadas normalmente por las mujeres, que se ocupaban del “apagado” y aplicación de la cal. El “apagado” es el procedimiento químico por el cual las piedras de cal viva se depositaban en un cubo con agua y se removían durante unos veinte minutos. Este procedimiento generaba una reacción exotérmica y las deshacía las piedras en una pasta de color blanco: la cal apagada o “desfogada”.

 

 

De esta manera un procedimiento ligado a la higiene pasó a formar parte del folclore, íntimamente ligado a la identidad y a los cultos de cada población. Ya durante la dictadura, estos elementos folclóricos fueron utilizados como reclamo turístico, e incluso –a través del cine– como imagen del país de cara al exterior. Todos estos elementos contribuyeron, en mayor o menos medida, a que un elemento que se popularizó como medida higiénica pasase a ser un rasgo de identidad.

En la actualidad la tradición del blanqueado no se ha perdido – es incluso promocionada por algunos ayuntamientos – aunque progresivamente se ha abandonado el uso de la cal viva, siendo esta sustituida por otros productos como el cemento portland (que sustituyó a su uso como mortero) y la pintura plástica (que sustituyó a su aplicación líquida para blanquear). El preparado y aplicación de estos estos materiales es mucho más sencillo, ya que no precisan pasar por el proceso de “desfogado” y no necesitaba guardar un tiempo de reposo antes de su aplicación. Aún siendo la cal sustituida por la pintura plástica su aplicación sigue siendo un rito social en muchas poblaciones, configurando además la estampa típica que identifica muchos núcleos de población del levante y sur español.

 

En nuestro país solo se continua elaborando cal de forma tradicional en Morón de la Frontera (Sevilla).  El tradicional oficio de “calero” está protegido, pues fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO en el año 2011. Este reconocimiento es importante, pues impedirá que los conocimientos y técnicas ligados al producción artesanal de cal no caigan en el olvido.

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