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3 05 2019

Ciudad y nostalgiaMario Hidrobo

7 minutos de lectura

Una de las limitaciones inherentes a la condición humana es la incapacidad de la ubicuidad. No solamente de manera literal, es decir—perdonad la obviedad—no podemos estar físicamente en dos sitios a la vez. Pero lo que es peor, es que no tenemos la capacidad de percibir que el tiempo no solamente transcurre en presencia de uno, insisto y perdonad de nuevo la obviedad, el tiempo es universal, es decir que el “ahora” es aquí y en cualquier lugar del mundo.

De esta reflexión simple nace una de las clásicamente repetidas expresiones al ver una antigüedad bien conservada:

“Si parece que no hubiese pasado el tiempo por ella”.

Sí, sí que ha pasado, lo que sucede es que le ha afectado poco, ya que no ha habido humanos, que mientras legitiman ese pasar del tiempo, se encargan de las acciones que, generalmente, ayudan a deteriorar los muebles e inmuebles.

Cuando vivimos una situación, por simple o elemental que sea. Por ejemplo, si imaginamos que estamos frente a este cuadro:

I

El registro que nuestro cerebro hace de ello, no es exactamente una foto como la que tenemos. Nuestra mente registra sus elementos compositivos: paso de cebra, calle, valla, unas cuantas personas… (lo más probable es que no un número grande o pequeño). Una con mochila, otra con guitarra, a lo mejor una bicicleta y un fondo arquitectónico urbano, probablemente europeo.

Pero, además, una serie de elementos asociados, que son tanto un camino como una serie de “otros” elementos que surgen de la base de datos del cerebro y se asocian por analogía de las situaciones.

Ejemplo: El registro, como imagen, no ha guardado las chaquetas, bufandas y gorros, porque es un “hilar demasiado fino”, sin embargo, identificamos la imagen con frío e invierno.

Esta suerte de ruta de imágenes asociadas, es un camino de ida y vuelta, es decir que tanto en cuanto nuestro cerebro tenga referencias conceptuales de frío, asociará con gorros, bufandas, chaquetas y estos accesorios, con la situación de la imagen.

Ahora solo nos queda el ser capaces de dimensionar la magnitud de sendas, caminos o rutas asociativas que pasan de esta manera, dentro de nuestra mente, digamos que ¿en un día?

Sí, millones.

De todas ellas, nuestro cerebro hará un ejercicio de estabilización, y aquellas imágenes o situaciones que, por diversas circunstancias, “llamamos” a nuestra mente una y otra vez se estabilizarán y pasan a nuestro “disco duro”, a manera de registro de recuerdos. Una vez más, nuestro cerebro no archivará situaciones concretas, sino solamente los elementos que le permitan consolidar el “concepto del recuerdo”, el resto de detalles nuestro cerebro hábilmente los complementará, tirando de la base de datos de ese repertorio de imágenes análogas sobre un concepto. Así, por ejemplo, si nos preguntamos:

¿Qué clase de complemento lleva en la cabeza la única chica de la foto?, lo más probable es que imaginemos un gorro de invierno —por esto del concepto de frío, antes forjado— aunque particularmente no lleva nada.

Este típico error se ha corroborado con infinidad de actores simultáneos, de recuerdos comunes y se ha concluido que cada cerebro “rellena los espacios en blanco” con sus propios recursos, con su propia suposición.

La memoria humana no es infinita, nuestras capacidades son limitadas y así debemos comprender que tan importante como aprender todo el tiempo, por los engramas que se activan, es el olvidar, y como vemos, nuestro cerebro tiene su propia estrategia de criba de recursos.  De hecho, próximas a estos temas son las investigaciones que buscan indagar en cómo estimular olvidos, que por ejemplo en situaciones traumáticas nos causan dolor recurrente.

Todo esto afortunadamente nos aleja de la historia de Funes el memorioso, de Borges.

Desde esta lógica es interesante comprender que cuando estos recuerdos son trabajados a manera de “grandes paquetes de datos”, los olvidos, los recuerdos y las situaciones análogas son paradójicas, puesto que la memoria se centra en un ejercicio particular de cribar lo que va archivando.

En esa medida, parece poco descabellado y bastante discutible el entender la “realidad de una situación” como algo claro, determinado y estable.  Todo lo contrario, pensaría en que su propia relatividad puede admitir, por ejemplo, un relato como el producto de una sumatoria de versiones de muchos autores.

La ciudad no tiene cerebro, pese a que se insiste en estrategias de registros sórdidos que solo pretenden generar datos que coadyuvan al control y a un statu quo de gran hermano. Lo que sí tiene la ciudad es memoria. La memoria de la ciudad se alberga en las narrativas cotidianas de las personas. Como acabamos de ver, esas memorias individuales no son una verdad rotunda, todo lo contrario, son una construcción tanto de partes de la realidad como de partes de datos tomados de sus propias e individuales base de datos, generados durante la fortuita historia de cada uno. Una creación altamente compleja.

Cuando migras, todo el contingente de situaciones vividas se archiva, prácticamente como si hiciéramos un backup de la memoria y de los recuerdos. Posteriormente, una y otra vez, la demanda de estabilización de esas situaciones pasa a convertirse en recuerdos y esos recuerdos para ascender a memoria demandan una narración. Ver imágenes, contar historias, rememorar son ejercicios que poco a poco se debilitan, puesto que vamos perdiendo detalle y necesitamos olvidar. Mientras que, de vez en cuando, incluso, la memoria nos juega una partida de “déjà vu” deslocalizado, en el que creemos haber vivido ya situaciones, pero sabemos que no puede ser posible ya que nuestro recuerdo es en otro contexto espacial. Esto será porque hemos activado el mismo engrama de recuerdos que el de otro contexto, a veces tan simple como que un rostro te recuerde a alguien, que sabes que no puede ser porque está a kilómetros de distancia.

Todas esas situaciones y concretamente el dolor de esos recuerdos son los que le llevaron a Johannes Hofer en 1688 a definir la nostalgia, término que etimológicamente viene de vocablos griego νόστος nostos (regreso) y ἄλγος algos (dolor).

Hoy en día, si tuviésemos la capacidad de concentración poblacional en nuestras manos, la ciudad poblada únicamente por migrantes, sería la quinta ciudad más grande del mundo.  Todos esos migrantes, en todas nuestras ciudades pueden estar padeciendo ese dolor, y si bien todo eso responde a un complejo proceso de cambio, adaptación, aprendizajes y olvidos, la capacidad de los nativos por acoger y generar condiciones de bienvenida a migrantes podría atenuar esto. A lo mejor solamente el no verlos como distintos cambiaría mucho.

Finalmente, es preciso recordar que la riqueza fundamental de las ciudades consiste en su diversidad y que la construcción del rizoma de relaciones propias de la ciudad es la construcción de nuestra identidad.

Epilogo (de El Hacedor) fragmento

Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imagen de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.

Jorge Luis Borges

Citado por Diana Padrón Alonso en La ciudad Demudada.

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