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3 10 2019

Cine, ciudad y poesía | Mario Hidrobo

  9 minutos de lectura.

El cine y la arquitectura tienen muchas cosas en común: el uso de un lenguaje, la composición, una determinada transformación del objeto a través del uso, una relación con la historia, pero sobre todo un especial cuidado con la narrativa social y un ceñido apego a la interpretación de la realidad contemporánea. Lo contemporáneo, como lo dice Zizek, muchas veces consiste en hacer de todo un arte; o un espectáculo, como lo dicen sus detractores. De cualquier manera, el cine ineludiblemente ha sido un encargado de narrar diferentes momentos de las ciudades. No es poco el trabajo de análisis de los encuentros entre el cine y la ciudad, sin embargo estoy seguro de que su mayor provecho está aún por descubrirse.

Como en muchas otras cosas, las ciudades icónicas han sido susceptibles de esto en mayor medida, tanto que en este mismo medio y dentro de una entrevista acerca de la relación entre la ciudad y los videojuegos, Manuel Saga afirmaba que ciudades como Nueva York, gracias al cine, se han convertido en las ciudades más conocidas sin haber estado allí.

El catálogo de películas rodadas en Nueva York es innumerable, sin embargo de lo cual podemos afirmar que las que realmente consiguen que la ciudad sea parte del reparto se vuelven clásicos imprescindibles. Sin pretender un ensayo de cine, sino acercarnos a discernir las características mediante las cuales los grandes autores de filmes han sido capaces de encontrar en la ciudad o sus partes un actor más de la película, quiero comentar algunos de los casos que me llaman particularmente la atención.

Manhattan de Woody Allen es probablemente la película más emblemática de Nueva York, narrada claramente por un enamorado y exhaustivo conocedor y pensador de la ciudad, logra hacer de ella, como decía al principio, un actor más del film y esta aporta de vuelta una determinada compensación a la pieza artística, haciendo atracciones puntuales de la ciudad cada una de las locaciones, tanto así que hay tours específicos para conocer la ciudad a través de visitar uno a uno los escenarios urbanos más representativos de la película. Este efecto, todo hay que decirlo, algo mediático y superficial de “estar en el sitio de”, le aporta generando verdaderos mitos urbanos alrededor de objetos/escenas específicas, como por ejemplo la del atardecer en la banca de Sutton Square, bajo el puente de Queensboro, fotograma que fuera el cartel de la película y que ha logrado que cualquier escena que muestra los puentes de Nueva York desde un plano contrapicado invoca a la Rapsodia en Azul de Gershwin, tema central de la película.

En la memoria de la construcción occidental de grandes espacios arquitectónicos es imprescindible el vestíbulo principal de la Estación Central, no solamente por las escenas de películas, sino incluso por happenings, performances y flashmobs, que le dan una condición de lugar icónico. Sin duda no pudo haber sitio mejor donde Kevin Costner, en su papel de Eliot Ness en Los intocables, protagoniza una de las escenas de mayor tensión que ha dado el cine, cuando deja deslizarse a un bebé en su carrito escaleras abajo, mientras él se bate a tiros con los mafiosos de Al Capone. Escena que es un homenaje de Brian De Palma, el director, a Serguéi Eisenstein, autor del Acorazado Potemkin. Película de culto que podríamos decir que es donde se plasma originalmente la imagen del bebé indefenso ante, en este caso, la muerte de su madre en la escalera de Odessa.

 

En 1933 fue estrenada King Kong, película mítica que originalmente pretendía llamarse la octava maravilla del mundo. Y más allá de una historia de fantasía que confronta la inhóspita y salvaje naturaleza con la máxima construcción de la cultura occidental, la gran ciudad, encontramos en una de las secuencias finales a King Kong encaramado en lo alto del Empire State, defendiéndose de las ametralladoras que lo acribillan. Al margen de muchos otros análisis interesantes de la construcción narrativa del film, esta escena en concreto pondrá en valor cinematográfico el rascacielos como objeto fundamental e icónico de la metrópoli. Debemos recordar que para la fecha del estreno de la película hacía solamente dos años que el edificio se había terminado, y por tanto consagrado como el más alto del mundo luego de destronar al edificio Chrysler.

Travis Bickle nos pasea con su taxi en las noches de un Nueva York totalmente setentero en el que prolifera la prostitución, la delincuencia. La ciudad de Taxi Driver es la misma ciudad de Pedro Navaja de Blades y de Juanito Alimaña de Lavoe, esa gran ciudad de Gangs of New York, de Cowboy de medianoche o de Malas Calles. Esa ciudad no es Nueva York, es más bien una ciudad producto de la construcción de unos imaginarios urbanos muy occidentales y muy comunes.

El cine en su momento, y ayudado a día de hoy por los demás medios digitales, logran convertir un espacio narrado en espacio vivido, una percepción fantasiosa que nos permite establecer un pseudo conocimiento del espacio basado en las imágenes y su lenguaje de materialización, dejando de lado elementos indispensables de la construcción cultural, que acompañan a toda experiencia de la arquitectura, de la ciudad y en general espacial. Lo paradójico es que cada vez más, esas características que para la calidad del espacio son tan importantes, son difíciles de poner en valor; es como si existiera un valor inverso respecto a su cautividad. Mientras más minimizados por la contemporaneidad son esos valores sociales, más cautivos se vuelven y más valor otorgan al espacio conseguido.

“No he creído nunca que las casas fuesen ladrillos, hierro y hormigón,

tampoco proporción, ejes de simetría.

Cada casa es un nuevo amor, una destrucción de algo que aún estaba, donde hemos cimentado esta alegría, donde comentaremos las penas que vendrán, el pasado no está en lugar alguno, qué triste arquitectura ha acabado por ser sin remedio, la vida.”

Joan Margarit, catedrático de arquitectura de la Politécnica de Cataluña y prolífico poeta, tiene varias reflexiones que tienen que ver con la manera como se acerca la poesía, desde su expresión fundamentalmente narrativa y abstracta, a esa realidad material edilicia como es la ciudad construida. Reflexiones en las que claramente llega a plantearse acercamientos de la matemática con la poesía.

Luis García Montero en casa de citas se acerca un poco más profundamente a una reflexión mediada por autores contemporáneos de la literatura española, en la que analiza la relación de la poesía a la arquitectura a través justamente de esos espacios inmateriales y abstractos que son vividos al interior de la materialidad arquitectónica.

“El orden de la arquitectura dialoga con el poeta no sólo cuando se mantiene la fe creacionista en las formalizaciones, sino también cuando el sentimiento invita a romper con la geometría para buscar otras exigencias expresivas”.

García Montero se centra bastante en el pasado siglo XX reflexionando el efecto de la industrialización y el auge de la gran ciudad, la deshumanización del arte y, cómo no, con alusión específica a Nueva York a través de varias citas de Juan Ramón Jiménez acerca de la ciudad como ese escenario en el que se juegan todos los sentimientos, mientras transcurre la historia.

La mirada a un futurismo donde ha fracasado la modernidad mercantilista post industrial y neoliberal no es optimista, pero esos encuentros que permiten trascender de una desmaterialización de la ciudad y encontrar en ella una decodificación de la poesía son sin duda un contenedor de expectativas que emociona vivirlas, y sobre lo que hay gente trabajando intensamente.

Mario Hidrobo |

 

 

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